Siendo como somos animales terrestres, a la hora de beber hemos de recurrir al “AGUA DE TIERRA”, a la que llamamos dulce por contraponerla al AGUA DE MAR, que es salada.

Desde el momento en que al AGUA DE TIERRA la llamamos simplemente AGUA, como si esa fuese la manera más natural de ser del agua, le negamos al AGUA DE MAR la consideración de AGUA sin más y la concebimos como una forma distinta y extraña del AGUA.

Es un evidente error de apreciación, muy humano, igual que es un comprensivo y humano error de apreciación que no hemos sido capaces de erradicar de nuestro lenguaje, que el Sol describe órbitas en torno a la Tierra, saliendo todas las mañanas y poniéndose todos los atardeceres.

Pues bien, nos diga lo que nos diga nuestra apreciación de animales terrestres, el AGUA más natural, la que merece por si misma el nombre de AGUA sin más es la del MAR, siendo la de tierra una singular y muy limitada variación de ésta.

De donde resulta que lo propio del AGUA es contener disueltos todos los elementos de la naturaleza en las proporciones que los requiere toda célula; tener el sabor salobre que le da el sodio; y estar superpoblada de vida microscópica. Es decir que lo propio del AGUA es tener por sí misma un alto valor nutritivo, y lo excepcional es quedar reducida al H2O mondo y lirondo, incoloro, inodoro e insípido, sólo con valor de medio celular en el que se disuelven todos los nutrientes.

 

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