¿Alguien es capaz de explicarse las siguientes CONTRADICCIONES DE NUESTRA “CULTURA DEL AGUA”?

1. Nos empeñamos en BEBER un agua incolora, inodora e insípida, es decir “sosa”. A esta agua, que procuramos “limpiarla” de todas las sales, la llamamos POTABLE o también DULCE.

2. Igual de empeñados estamos en ponerles SAL a la sopa, las carnes, las verduras y demás guisos.

3. Y para redondear nuestra incongruencia hemos elevado a la más alta categoría sanitaria y alimentaria las AGUAS MINERALES porque contienen gran variedad de SALES. Hasta tenemos en alto aprecio el AGUA DE CARABAÑA, saladísima (procedente de una porción de mar sepultada por la meseta Central). En fin,

Son las SALES que tanto necesita hasta la última célula de nuestro organismo y hasta el más minúsculo de los microbios que tiene de comensales.

¿Cómo se explica que mantengamos tan estricto TABÚ contra el AGUA DE MAR, la única que contiene TODAS LAS SALES que necesitamos, la única en que se suman en grado superlativo las excelencias de todas las AGUAS MINEROMEDICINALES?

Ésta es UNA MÁS de las estupideces humanas. Pero ya de puestos, llegamos hasta el fondo, y así renunciamos a las SALES NATURALES DEL AGUA y las sustituimos por la SAL INDUSTRIAL (una sola y “depuradísima”) para sazonar nuestras comidas. ¡Peor, imposible!

 

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