He ahí uno de los grandes enigmas de la humanidad: andamos buscando SAL porque nos la pide nuestro organismo, y sin embargo huimos como de la peste del AGUA DEL MAR, que nos ofrece no la SAL COMÚN, técnicamente “cloruro sódico”, tan bueno para la industria y tan malo para el organismo, sino el cóctel perfecto de TODAS LAS SALES que necesita nuestro organismo.
Y eso que sabemos todos y lo creemos a pies juntillas, que el mar es la cuna de la vida, y que con los materiales disueltos en el AGUA DEL MAR, en su día se contruyó la vida. Es de cajón que del mismo modo que la cría mama de la madre que la parió, todo viviente se ha de abrevar en el manantial de donde nació: en el mar. Porque del mismo modo que una cría es una copia de la madre, y por eso puede alimentarse de su leche; así también todo viviente es copia del AGUA DEL MAR, y por eso puede alimentarse razonablemente con el AGUA DEL MAR.
Se trata de un alimento tan insuficiente como la leche para los mamíferos; pero que está muy bien para empezar, para situaciones de apuro y en cualquier caso para el mantenimiento de nuestra maquinaria en perfecto estado, a punto para ponerse a trabajar en cuanto se le reposte combustible.
No es casual que nuestra agua orgánica (el 70% de nuestro cuerpo) tenga una composición tan rica como el AGUA DEL MAR, con la lógica variación en las proporciones, que es la que determina la diversidad de células, tejidos, órganos y seres vivos. Pero los componentes son los mismos: todos los de la Tabla Periódica.

Es que EL MAR ES EL QUE MÁS SABE DE VIDA, es el laboratorio en que se han ensayado durante millones de años todas las formas posibles de la materia hasta hacerla apta para la vida. Por eso EL MAR SABE A VIDA: pero ese es un SABOR QUE DESCONOCEMOS, y a causa de tamaña ignorancia cometemos errores tan fatales como desechar el agua de mar por prejuzgarla venenosa y contaminada, al tiempo que engullimos venenos y contaminantes, esos sí ciertos y fatales.

EL MAR SABE DE VIDA y EL MAR SABE A VIDA. El día que este principio tan obvio forme parte de nuestros saberes y de nuestros sabores, la humanidad habrá cambiado: a mucho mejor. Como pronosticó Parménides, SEREMOS MAR; pero conscientemente, porque SABER Y SER ES LA MISMA COSA.