No es un juego de palabras gratuito el paso del SABOR al SABER. Ni es casualidad que empleemos la misma palabra para referirnos a las personas que SABEN y a las cosas que SABEN. Éstas emiten SABORES, y aquéllas los perciben.
Eso nos viene del latín en que SAPERE, que evolucionó a SABER, se usaba indistintamente para saborear y para saber; porque para los inventores de nuestra lengua venía a ser una misma cosa pero en dos planos: en el plano físico y real de los sentidos, y en el plano metafórico de la mente. Es el SABOR el que nos lleva al SABER, y no a la inversa.
Y entendían los romanos que del mismo modo que quien no es capaz de SABOREAR la comida es un bruto, un glotón y un ansioso, que se pierde el placer que acompaña a la alimentación, así también se perdía lo mejor del conocimiento quien no era capaz de SABOREARLO. Por eso
Así una persona vista en positivo, puede ser dulce, salada y hasta resalada; y ponderamos su salero. Y vista en negativo puede ir del soso al agrio y al amargo. Se trata, claro está, de cómo se dan a gustar a los demás.
Y curiosamente no es el dulce el sabor más apreciado en las personas, sino el salado. La devaluación del dulce llega hasta su identificación con el no salado, es decir con el soso (evolucionado del insulso).
Y luego vienen las referencias al SABOR genérico. Se llama DESABORIDA a la persona incapaz de apreciar el sabor de la vida. Y cuando ese vicio es más intenso, se emplea la forma culta: DESABRIDA. En latín lo llamaban insipiens (el contrario de SAPIENS). De ahí obtuvimos el adjetivo INSÍPIDO.
Y llegando a la culminación tenemos que el nombre propio de nuestra especie en biología con los dos apellidos es el de HOMO SAPIENS SAPIENS. ¿Sólo eso? ¡Qué va!, aún hay más: resulta que la primera persona del presente de indicativo del verbo SABER tendría que ser, como dicen los niños, “YO SABO” (traslación estricta del sapio latino). Pues no: remedando a Parménides y a Platón, para quienes saber y ser es la misma cosa, van y ponen como primera persona del verbo saber, una forma del verbo SER: “YO SÉ”. ¡Glorioso! La lengua puede más que nosotros.
Pues bien, bastaría, que nos dejásemos llevar por el valor de las palabras, para situarnos más cerca de la verdad de las cosas. Más cerca de la gran verdad del MAR en el que se encuentran mezclados en perfecto equilibrio todos los SABORES PRIMARIOS en su estado puro. Y puesto que por ellos pasan las corrientes de la vida y del entendimiento, también todos los SABERES.