Si el agua de mar es el plasma de todo ser vivo, ha de ser también a la fuerza plasma humano, es decir nuestro propio PLASMA SANGUÍNEO.
Esto parece un lujo silogístico, pero es rigurosamente cierto. Tanto que a falta de plasma sanguíneo se puede utilizar, y en efecto se ha hecho decenas de miles de veces,
Como suena. El descubridor de este principio fue el investigador francés René Quintón (1867-1925), que dedicó muchos años de su vida primero a construir esta hipótesis y luego a demostrar en la práctica, en los dispensarios marinos y en los hospitales de campaña en la primera guerra mundial, que efectivamente el agua de mar funciona como el mejor plasma sanguíneo. Gracias a ello salvó muchos miles de vidas.
Llevó incluso esta experiencia a una prueba extrema que repitió decenas de veces, pero no en humanos, sino en perros enfermos. La prueba consistía en sustituirles la práctica totalidad de la sangre enferma por plasma marino (agua de mar isotonizada). Siempre tuvo éxito: en pocos días el organismo producía los glóbulos y las plaquetas que convertían el plasma en sangre sana. Los animales además de curarse, mostraban una vitalidad mucho mayor. Esta prueba se repitió el año 2004 con 10 perros en el Hospital Universitario de la facultad de Medicina de la Universidad de La Laguna (Tenerife, Canarias).
El plasma es el mar en que flotan los componentes diferenciales de la sangre, del mismo modo que en el plasma marino flota una increíble variedad de vida. “El inmenso caldo de cultivo (cito a Cousteau, que describe líricamente una inmersión nocturna en el Atlántico) rebosaba de racimos de huevos, de larvas transparentes, de pequeños crustáceos apenas teñidos, de largos cinturones de Venus que un gesto hacía que se enrollasen a distancia, de cúpulas de cristal pulsátiles que nuestros rayos luminosos transformaban en auténticas joyas. Pequeños toneles de agua organizada, los Salpes, se aglutinaban en cadenas de 20 y 30 metros de largo: su transparencia punteada de pequeñas manchas anaranjadas en el corazón de cada individuo…” Y no es más que agua de mar, que vista de noche desde dentro y con focos aparece henchida de vida, como si de un caldo de cultivo se tratase. Agua modelada por sus propias leyes, como dice el mismo Cousteau.
He ahí el agua de mar, caldo de cultivo de toda vida, que nada tiene que envidiar a la ambrosía de los dioses del Olimpo ni a la leche de burra en que se bañaba la legendaria Cleopatra, el máximo prototipo de belleza femenina de la historia. Mira por dónde los mortales del siglo XXI tenemos el privilegio de emularlos a ellos y a ella sumergiendo nuestras células y todo nuestro cuerpo en la más absoluta plenitud de vida.