La capacidad de calentar el agua de mar ha sido un factor determinante para el progreso de la TALASOTERAPIA.

A principios del pasado siglo las estadísticas de salud dejaban constancia de un fenómeno singular: el número de cánceres era en Japón ¡20 veces menor! que en el resto del mundo. La explicación era de lo más elemental. Mientras en el resto del mundo la gente se bañaba de tarde en tarde, entre los japoneses los baños calientes asiduos eran una institución nacional.

En la misma dirección apunta la existencia milenaria de las TERMAS como recurso para la salud, aunque por su dispersión y por su carácter elitista no pudieron sujetarse al rigor de las estadísticas como el fenómeno japonés.

Un principio de salud tan potente no podía quedar en el ámbito del empirismo. Por eso científicos de la talla de Pasteur y Quintón lo estudiaron con el máximo rigor. Cito el experimento más célebre de Pasteur, el que le inclinó a admitir que los principales determinantes de la salud y de la enfermedad no son los microbios invasores, sino las condiciones del medio. Tomó Pasteur unos pollos y los sometió a un ataque de carbunco inoculándoles los bacilos. Se trata de una enfermedad a la que son refractarios los pollos. Bañándoles las patas con agua fría consiguió que su temperatura bajase de los 42 grados que tienen las aves, a 37. Los pollos quedaron contagiados y al poco murieron. Todos, menos aquellos a los que les devolvió su temperatura envolviéndoles en una manta y colocándolos en una estancia bien caldeada. Éstos se curaron. La temperatura del medio en que se encontraron los bacilos fue determinante primero de la enfermedad y luego de la salud.

La investigación de René Quintón fue más larga y elaborada. Su resultado fue la LEY DE LA CONSTANCIA TÉRMICA. Una ley de alcance universal que formuló así:

“Frente al enfriamiento del globo, la vida aparecida en estado de célula a una temperatura determinada, tiende a mantener esa temperatura de los orígenes para obtener un elevado funcionamiento celular, mediante los organismos indefinidamente suscitados para ese fin.

Los minuciosos estudios de la temperatura de las distintas especies, llevaron a Quintón a la conclusión de que la vida se originó en el planeta cuando éste tenía la temperatura óptima para la vida (44 grados). El descenso térmico del planeta determinó un descenso del ritmo vital (el letargo es el mejor ejemplo). Por eso, cuando es preciso elevar el ritmo vital, por ejemplo para defenderse de invasores, poniendo así las células a su máximo rendimiento, el recurso del organismo es ELEVAR LA TEMPERATURA, produciendo así la fiebre.

 

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