Vivimos DENTRO DEL SOL, dentro de su inmenso destello, atmósfera de luz y calor con que se cubre nuestra estrella, igual que la Tierra está cubierta por su atmósfera de vapor. Y vivimos en el punto mágico de ese destello porque la Tierra acertó a fijar en él su órbita. Por eso pudo surgir en ella la vida.
La temperatura corporal de todos los animales, que depende de la temperatura de la Tierra, es una constante. Mínimas variaciones de ésta son síntoma de desequilibrios cuya duración acarrea graves estragos. Ese fue uno de los primeros descubrimientos de Quintón (con la serpiente aletargada).
Y a partir de ese descubrimiento intuyó que, siendo tan esencial la luz para la vida, tenía que regirse por una ley semejante a la del calor. Si para cualquier ser vivo la luz es imprescindible, lo es mucho más para la célula. No son sólo los vegetales los que obtienen la energía de la luz para realizar la fotosíntesis. También en el ámbito de la biología tiene la luz funciones que van definiéndose a medida que avanzan las investigaciones de la quántica. Todos sabemos que nuestro cuerpo sintetiza la vitamina D a partir de la energía solar. Pero eso es sólo el principio.
La moderna medicina quántica se ha desarrollado sobre la base de la función metabólica que desarrollan en la célula las ondas lumínicas; función distinta a la desarrollada por las ondas calóricas, las que van del rojo hacia abajo.
Uno de los pilares del aprovechamiento de la energía solar, es precisamente la distinción entre las ondas lumínicas y las calóricas de la luz. Para la energía fotovoltaica se seleccionan materiales fotosensibles; para la energía térmica se emplean en cambio materiales sensibles a las ondas térmicas del sol.
En la FOTOGRAFÍA (literalmente, grabación de la luz) tenemos otro ejemplo de la capacidad de la luz para provocar reacciones químicas en determinadas emulsiones. Y de la química de la luz surge el milagro de la fotografía.
La luz que ilumina nuestro cuerpo no se queda sólo en la superficie de la piel, sino que penetra hasta nuestros huesos. Es inútil que nos empeñemos en la oscuridad en tapar con nuestras manos la luz de una linterna, porque ésta sigue alumbrando, aunque menos,como si nuestra piel, nuestra carne y nuestros huesos fuesen transparentes.
Pues si de tal modo penetr
a en nuestro cuerpo la luz de una insignificante bombilla, ¿qué no ha de hacer la luz del sol?