Consejos prácticos

Mariano Arnal
Por Mariano Arnal

¿Dónde obtener agua de mar?

La respuesta a bote pronto es obvia: EN EL MAR. Pero hay que matizar. Muchos de los que hacen esta pregunta han oído hablar del suero o plasma de Quinton. Les suena que es agua de mar “tratada”, porque de entrada les parece algo increíble que el agua de mar tal como podemos recogerla directamente del mar, tenga tantísimas propiedades.

Si hablamos del suero o plasma de Quinton y de muchos otros preparados con agua de mar (incluida la envasada en botellas de medio litro a un litro), hemos de especificar que se encuentra en las farmacias. Tenemos por tanto agua de mar en la farmacia y en el mar.

¿Cuál es la diferencia esencial entre ambas? La principal diferencia es que en el agua de mar de farmacia, la firma que la envasa ofrece todas las garantías sanitarias que se exigen para suministrar agua para beber. Hay por tanto alguien respondiendo de la calidad sanitaria de esa agua. Y por supuesto, eso tiene un precio.

En cambio, respecto al agua de mar que tomemos nosotros directamente del mar, la garantía sanitaria nos la hemos de buscar nosotros mismos. Somos nosotros quienes nos hemos de asegurar de que el agua que captamos del mar, no está contaminada.

¿Cómo podemos saber si el agua que tomamos del mar está contaminada o no?

Es cierto que el mar sufre numerosos episodios de contaminación. Pero estamos muy lejos de poder afirmar que es peligroso tomar directamente agua del mar porque éste está mayormente contaminado. Eso no es así.

Tenemos dos clases de criterios para saber si podemos recoger agua de mar con confianza en un lugar determinado: unos indirectos y otros directos.

Criterio indirecto, pero en principio bastante certero sobre la fiabilidad sanitaria del agua de mar, son los controles diarios que hacen las autoridades sanitarias en las playas bajo su control. Cuando colocan en la playa BANDERA VERDE significa entre otras cosas que habiendo realizado el preceptivo análisis bacteriológico, han comprobado que no hay en el agua gérmenes patógenos. Por consiguiente, si sufre uno un revolcón por una ola y se pega una buena bocanada de agua, se le podrá romper un brazo, según sea el revolcón, o podrá sufrir una diarrea si la bocanada es cuantiosa; pero no pillará una infección, porque no hay con qué. Es fácil concluir de ahí que si las autoridades sanitarias garantizan que te puedes pegar un trago sin riesgo, también puedes cargar ahí mismo una botella o una garrafa de agua y llevártela para casa, sin riesgo alguno de contaminación por beber esa agua.

Donde no hay ese control sanitario, no es prohibitivo hacérselo uno mismo. Elija un lugar donde le conste que no hay vertidos ni industriales ni urbanos. Recoja de ahí varias garrafas de agua, y lo más probable es que la esté recogiendo de calidad. Para asegurarse, tome una muestra de esa agua y envíela al laboratorio o a la farmacia para que le hagan un análisis bacteriológico estándar para comprobar su potabilidad. Con sólo una recogida de varias garrafas, amortiza de sobras el precio del análisis (muy asequible) y tiene la tranquilidad absoluta de que el lugar que usted ha elegido para proveerse de agua de mar, es fiable. Si por cualquier circunstancia le asaltan las dudas, vuelva a hacer el análisis.

¿Y los metales pesados, y los venenos, y los demás vertidos?

No vamos a negar la contaminación no ya del mar, sino de todas las aguas, de los suelos, de la atmósfera, porque ahí está. Pero lo que tampoco haremos, es estar echándole nosotros mismos, cada uno de nosotros mediante los motores de combustión, venga veneno al aire que respiramos; y mientras hacemos esto, dedicarnos a llorar la contaminación del mar (que nos cae más lejos y son otros quienes lo contaminan), o la del espacio extraterrestre, que haberla, hayla, y que nos cae aún más lejos.

Contaminación, hay la que hay, y hemos de aprender a manejarnos con ella, como nos manejamos (¡tan ricamente!) con los pesticidas, insecticidas y fertilizantes, que antes de contaminar las tierras, las aguas y finalmente el mar, han contaminado la comida que nos llevamos a la boca. Pero de momento, las cosas son así: o vivimos con esos recursos malditos, o no vivimos.

¿Y en el mar? Pues resulta que el mar es la inmensidad de la tierra, y por ahora su estómago, sus pulmones, su hígado, sus riñones y muy probablemente, su cerebro. Aparte de la insondable inteligencia del agua (añádele el más completo cóctel de sales, y será el no va más de la sapiencia); aparte de eso, el mar tiene una altísima salinidad comparativa (36 por mil). Asociemos sal a incorruptibilidad; asociemos sal a conductividad; asociemos sal a metabolismo y podremos hacernos una idea del inmenso trabajo que hace el mar en el planeta, en la biosfera, gracias a su alta salinidad. No hay en todo el planeta, nada capaz de plantarle batalla a la salinidad del mar y vencerla. Ni lo hay, ni lo habrá. Bástenos observar que el mar no ha hecho más que incrementar su salinidad. Por algo será. Nosotros, con la inmensa mayoría de los vivientes, nos hemos quedado con la salinidad arcaica de 9 por mil, la del mar primigenio en que se originó la vida. El mar actual la cuadruplica y por tanto nos cuadruplica en algo tan sumamente vital como la sal.

Pero es que el mar tiene además otra característica extraordinaria, increíble, que le defiende de cualquier agresión: el mar tiene un movimiento interno tan perfecto, es una batidora tan sumamente eficiente, que la dispersión de las sales que contiene es homogénea en todos los mares del mundo. Por su contenido en sales y elementos, cada gota de agua del mar es igual a otra gota, proceda del mar que proceda. Varía la densidad, básicamente a causa de la temperatura, pero no la composición. El mar es uno. Por eso los vertidos al mar, sean los que sean, tienden a dispersarse y por tanto a convertirse en nada en su inmensidad.

Pero aún hay un tercer factor en el mar, que lucha con una eficacia avasalladora contra cualquier intento de corrupción de sus aguas: es la altísima densidad microbiana. El agua del mar bulle de vida microscópica, ávida de alimento. Los microorganismos que la pueblan, acaban con todo: nunca falta un especialista en la ingestión y consiguiente vitalización de cualquier cosa que le echen. Los microorganismos del mar luchan denodadamente por compatibilizar con la vida todo lo que está a su alcance.

Y por si faltaba algo, está el pH. No es por nada, pero resulta que nuestras enfermedades prefieren, y por tanto retroalimentan un medio ácido. Y mira por dónde, el agua de mar está en el polo opuesto: es alcalina. Frente a un pH en torno al 5 de las zonas enfermas de nuestro medio interno, el agua de mar nos ofrece un pH en torno al 8.5: mal han de vivir por tanto nuestros patógenos en contacto con esa agua.

Creo que todos éstos son motivos suficientes para que nos acerquemos al mar con confianza. A pesar de la acción humana contra él. Conozcámosla simplemente, y defendámonos de ella. No es tan difícil. Usando un mínimo de prudencia, el mar está a nuestro alcance.

Ya tengo agua de mar. ¿Qué hago con ella?

Realmente el agua de mar es un recurso de enormes posibilidades. Podemos usarla fría y caliente, en forma de agua, de vapor, de hielo y de gelatina. Podemos emplearla para beber, para baño, para higiene bucodental, para irrigaciones nasales, para inhalarla, para fricciones, para apósitos, para inyectar, en enema. También en la cocina hace un papel extraordinario: desde su empleo como sal líquida, a complemento perfecto de cualquier jugo, infusión, cóctel, etc.

Vamos a pensar ahora sólo en una de sus muchas aplicaciones: en beberla. Si pensamos en beber agua de mar, hemos de elegir en principio si la beberemos hipertónica (sin rebajar) o isotónica (rebajada en la proporción 3+1: 3 partes de agua dulce, más 1 de agua de mar). Tanto en una forma como en otra, se puede mejorar el gusto añadiéndole zumo de limón. Y sea cual sea el formato, hay que decidir si se toma mucha de golpe o se va tomando a pequeños tragos.

Para decidir eso conviene saber básicamente si se prefiere usar el agua de mar como purgante (laxante por tanto) o como nutriente. En el primer caso, la mayor parte de las sales ingeridas, se pierden. En el segundo caso, se retienen totalmente. Para la primera opción va mejor el agua sin rebajar y tomada lo más seguida posible. A estos efectos se suele preferir tomarla en ayunas. Si se pretende beberla como nutriente, puede hacerse o convirtiéndola en isotónica o directamente hipertónica. Tanto en un caso como en otro, hay que procurar beberla a pequeños sorbos si es hipertónica y a pequeños vasos si es isotónica espaciados entre sí para evitar que la acumulación de sal en el intestino tenga efecto laxante.

En cuanto a la cantidad, si tenemos en cuenta por una parte la sal que ingerimos, y por otra la excelente calidad de esta sal (muy compensada por la gran variedad de elementos que la componen), un cuarto de litro será una buena cantidad de referencia, puesto que no representan una carga excesiva para nuestro organismo sus 9 gramos de excelente sal. Excepto que se tengan problemas renales o de hipertensión, en cuyo caso habría que empezar por cantidades menores y estar muy atento a las reacciones del organismo.

En cualquier caso, lo ideal es que el agua de mar desplace a cualquier sal que se consuma en la cocina, con lo cual se mantiene el equilibrio salino.


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