Breve repaso a la historia

La necesidad que tenemos de nivelar nuestra alimentación mineral, la satisfacemos aún hoy en la misma playa, recogiendo agua de mar si la tenemos a mano; y en caso contrario nos conformamos con la sal (marina, por supuesto), que no es sino agua de mar en polvo (los biberones se hacen con leche en polvo, ¿no?).  El Neolítico nos colocó junto a los ríos: es ahí donde empezamos a darle la espalda al mar, y se generalizó el uso de la sal, olvidando el del agua de mar.

Pero este olvido afectó sólo a la cocina (excepto los ribereños muy pobres, que seguían salando con agua de mar). En medicina siguió usándose el agua de mar. Siendo uno de los mayores recursos de todos los tiempos la purga (la limpieza interna era el inicio y condición de toda cura), ésta se hizo preferentemente con agua de mar; y en su defecto, se recurría al agua con sal. Recordemos nuestras purgas de Agua de Carabaña: pues no fueron sino las herederas de la purga con agua de mar, pero en su versión de tierra adentro.

Los egipcios primero, y luego los griegos, sabían que los baños en el mar eran curativos en muchas enfermedades, empezando por las respiratorias. Estaban en el secreto, pero no en el misterio. Fue en el salto del siglo XIX al XX cuando René Quintón, francés, un iluminado, desveló el misterio del agua de mar. Descubrió que no era “agua con sal”, sino el auténtico plasma de la tierra, el mismo que circula por todos los seres vivos. Tan convencido estaba, que reduciendo su salinidad a la de todo fluido biológico (la cuarta parte de la salinidad marina), empleó el agua de mar como plasma sanguíneo en perros enfermos a los que previamente les había extraído la sangre infectada (¡toda!). Y todos ellos se curaron. Tan increíble le pareció el descubrimiento, que repitió esta prueba hasta 20 veces. No le quedaba ninguna duda: el agua de mar era plasma sanguíneo.

El siguiente paso fue analizar el agua de mar, para ver qué minerales contenía. Encontró hasta 38 minerales (los métodos de análisis no daban para más; hoy tenemos localizados 95) cuya existencia estaba ya constatada también en el cuerpo humano. Ése era el misterio. Sobre él construyó sus Dispensarios Marinos donde atendió a decenas de miles de personas, sobre todo niños. Y se atrevió con casi todas las dolencias y enfermedades. Su procedimiento preferido fue la inyección.

Durante la primera guerra mundial Quinton estuvo en los hospitales de campaña donde el agua de mar se empleó profusamente como antiséptico, previniendo y curando gran número de infecciones. Pero pocos decenios después se truncó el meteórico ascenso del agua de mar como el mejor preventivo y remedio contra las infecciones, a causa de la aparición de la penicilina.

El otro gran frente del agua de mar, el que ha experimentado menos de medio siglo un desarrollo de dimensiones antropológicas, urbanísticas y de geografía demográfica increíbles, es su uso balneario. Empezó en los países y capas sociales de más alto nivel económico con los balnearios marinos (que posteriormente se llamaron centros de Talasoterapia) y explosionó en las playas, que hasta ese momento habían permanecido inhóspitas y desiertas. El secreto de esa eclosión no es otro que la salud que se gana en la playa, tan evidente que salta a la vista: se broncea y sanea la piel, se cargan las pilas, se vuelve nuevo.


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