Higiene

Υγιεια (hyguiéia), que significa “salud” es la palabra griega que ha usado la medicina para ponerle un nombre de postín a la limpieza. (Los anunciantes de productos de limpieza suelen recrearse en la redundancia “higiénicamente limpio”). De todos modos, en esta palabra, y en especial en relación con su sinónima latina “sanidad” se han producido algunos fenómenos interesantes. Mientras que se está generalmente de acuerdo en que con el sustantivo “higiene” denominamos “la ciencia que trata de la salud y su conservación”, o según otra definición parecida, “la parte de la medicina que tiene por objeto la conservación y mejoramiento de la salud individual y colectiva”, en cuanto pasamos a su adjetivo, “higiénico”, hemos rebajado de tal manera su categoría científica, que llegamos al objeto que determina la más alta frecuencia de uso de este adjetivo: el “papel higiénico”.

Con la palabra “sanitario”, derivada de “sano”, llegamos también a terminales curiosos: “el personal sanitario”, “el sanitario” tratándose de una sola persona de este colectivo, “lo sanitario” (en referencia a todo aquello que tiene que ver con la sanidad, más que con la salud) y “los sanitarios”, que así se llaman en el sector de la construcción los elementos propios del cuarto de baño: wáter (el sanitario por excelencia), lavabo, bañera, videt. Parece que fue la firma Roca la que puso en circulación este uso del término en el enunciado “Sanitarios Roca”.

Para los griegos υγιεια (hyguiéia) significaba “salud” sin más, aunque se usaba también esta palabra como sinónimo de medicina. Con inicial mayúscula, era el nombre de Higea, diosa de la salud, hija (en algunos mitos, esposa) de Esculapio, asociada al culto de este dios. Higea solía usarse también como adjetivo acompañando a otras divinidades que no son especialmente sanadoras como Deméter y Atenea.

Más de una veintena de palabras forman el campo léxico de υγιεια. Y una aclaración ortográfica: la h le viene a higiene, igual que a historia, Homero, etc. de un signo que va encima de la vocal inicial (que no puedo reproducir en este programa), que se llama “espíritu áspero” y que indica que esa vocal ha de pronunciarse aspirada. Esa aspiración se transcribe mediante la h, que nosotros no aspiramos, pero los ingleses sí.

Donde acaba de asentarse el significado de higiene es en las especificaciones: “higiene privada” por oposición a “higiene pública”, “higiene social” (en la que se engloban la higiene sexual, la “higiene mental”, la “higiene terapéutica”, la “higiene industrial”, etc.)

Lo históricamente relevante es que nuestra civilización, procedente de la romana, tan adicta a los baños, vivió de espaldas al agua durante muchos siglos. Es el caso que los romanos construyeron lujosas termas en todas las ciudades de alguna importancia, y fue un hábito común la práctica del baño y de lo que hoy llamamos “higiene” en los baños públicos. Pero la decadencia de las costumbres que precedió al derrumbe del imperio, acabó convirtiendo estos lugares en casas de citas, de prostitución y de escándalo. Eso dio lugar a que la gente normal dejara de frecuentarlos, con lo que se acentuó aún más su aspecto decadente. Los moralistas, obviamente, arremetieron contra ellos. Resultado de todo ello fue que la inmoralidad y los baños quedaron definitivamente vinculados. La gente decente no frecuentaba los baños; y como no los había privados, el resultado fue que Europa vivió de espaldas al agua y a la “higiene” durante más de 1.500 años.

Nadie duda de que las grandes epidemias de peste tenían su origen en la tremenda falta de higiene. La Ilíada empieza contando que en el campamento griego, la peste mataba más soldados que la guerra (lo atribuían a las flechas de Apolo). Y de Troya sabemos un montón porque se han excavado 10 ciudades, cada una edificada sobre los escombros de la anterior. Y tampoco era mejor la situación de Roma. Al perfilar el calendario, muy al principio, y tener que añadirle meses (empezaba el año en marzo: de ahí que septiembre, octubre, noviembre y diciembre fueran los meses séptimo, octavo, noveno y décimo), decidieron dedicar todo un mes, el de febrero, a la limpieza, que buena falta les hacía (februarius es el mes de la purificación), y celebraban el resultado con el carrusel del carnaval. “Februa” eran las ceremonias lustrales (de limpieza) y de purificación (todas las cosas esenciales de la vida se ritualizan). Un mes al año dedicado a estos menesteres, y un año de cada 5 (el lustro) destinado al mismo objetivo, no estaba nada mal.

Es que, tal como la naturaleza no produce basura propiamente, puesto que el reciclaje le es consustancial, la civilización es una tremendísima fábrica de basura. Si lo sabrían los romanos, que ya 600 años antes de Cristo construyeron la Cloaca Máxima que, además de drenar las aguas pluviales (recordemos que Roma se construyó sobre 7 colinas), arrastraba hacia el río todos los desechos de la ciudad, para que fueran éste y el mar quienes los reciclaran. Muchísima basura en fin de cuentas. Y luego estaban las cuadras (por lo menos para la fuerza motriz de entonces, que eran los caballos), en las que desembocaban las letrinas, si las había, o que eran directamente el aliviadero de tripas y vejigas. Y además, “el arroyo” que discurría entre medio de cada dos hileras de casas que daban la cara a la respectiva calle y se daban la espalda entre sí. Eran las lluvias las que limpiaban ese arroyo al que se lanzaban toda clase de desechos, incluidos los de los “vasos de noche”. En fin, que formaba parte de la normalidad más absoluta, vivir rodeado de basuras. Y menos mal que los romanos tenían las termas, que compensaban tanta suciedad del ambiente con una exquisita higiene personal.

Pero cuando se acabaron los baños, lo demás siguió exactamente igual. En el palacio de Versalles (siglo XVII) no había cuartos de baño ni nada que se le pareciese. Rincones sí, muchos, y personal de servicio para limpiar lo que los/las nobles ensuciaban. Fue más tarde cuando se construyeron para esos menesteres esa especie de garitas colgadas en el exterior de las casas que luego fueron a parar a las galerías. Los bajantes conducían las “aguas servidas” a la red de cloacas si las había; y si no, al arroyo. Tenían que estar en el exterior, puesto que no había manera de evitar los malos olores. Hasta que se descubrió el desagüe en sifón (el wáter closed), el único tapón hermético que evita la subida de olores de la cloaca. A partir de ahí la higiene dio un vuelco espectacular: se podían instalar “cuartos de baño” en cualquier lugar de la casa, con tal que hubiese al menos una chimenea de ventilación. Y se llamaron “baños” o “cuartos de baño” porque eso fue lo más llamativo: que con ellos entró el “balneario” en casa. Termal por más señas. Y de eso hace menos de un siglo. Lo esencial es que había entrado el agua a las casas y que con este fenómeno se había inaugurado una nueva era por lo que respecta a la salud derivada de la simple limpieza (básicamente del agua y el jabón). A este nuevo impulso específico y externo de la salud se lo llamó “higiene”.

Simultáneo a este movimiento de la higiene doméstica, se desarrolló el de los balnearios y baños públicos. Se redescubrieron miles de fuentes mineromedicinales y termales en toda Europa y en su área de influencia, y se reconstruyeron sobre ellas o se construyeron de nuevo establecimientos balnearios. Además del poder curativo y preventivo del agua y el jabón, se descubrieron distintas aguas con poderes curativos diferenciados en razón de los minerales que contenían. Todo esto, obviamente, formaba parte del concepto de higiene que se había puesto de moda. Pero finalmente quedó reducido este concepto al agua y al jabón. Al servicio de esta higiene se abrieron en las ciudades numerosos baños públicos que ofrecían básicamente el servicio de duchas hasta que se generalizaron éstas en las casas.

Y ahora viene lo más espectacular de este redescubrimiento del agua para la salud: entre los balnearios de aguas mineromedicinales, estaban también los balnearios marinos en las playas, como una opción más. Se habían descubierto también las virtudes del agua de mar. Y como en los balnearios se valoraba no sólo el agua, sino también el clima, ya que la hidroterapia y la climatoterapia fueron siempre juntas, resulta que al principio en las playas se valoraba mucho más el clima que el agua: de ahí que en muchas de éstas, junto a los merenderos se instalaran “baños”, pero de agua dulce. Se había descubierto, en efecto, que para la tremenda plaga de la tuberculosis no había mejor remedio que el clima de la playa: tanto para prevenir como para curar.

Al principio había una enorme prevención contra el agua de mar: los baños tenían que hacerse por prescripción facultativa y bajo la atenta mirada del médico, que vigilaba en la caseta sobre ruedas arrastrada al interior del agua por un mulo, preparada con una cama y personal auxiliar que esperaban al bañista con una buena calefacción y cantidad de toallas para reanimarlo y hacerle entrar en calor. Los pobres naturalmente tuvieron que apañarse sin mulo, sin caseta y sin médico. Y fue así como fueron tomándole confianza al agua de mar… hasta llegar al espectacular fenómeno de las playas abarrotadas todos los veranos en todo el mundo.

Entretanto, gracias a René Quinton se descubrieron las enormes propiedades curativas del agua de mar, muy superiores a las de cualquier otra agua mineromedicinal. Creció así el prestigio del agua de mar, junto con el de la playa: los beneficios para la salud eran evidentes. La playa fue el gran recurso de los pobres para prevenir y curar la tuberculosis (los ricos tenían la recién descubierta y carísima penicilina); fue el mejor lenitivo para la psoriasis y demás problemas dermatológicos; fue un regulador hormonal y tonificador nervioso indiscutible. La prueba de esta secuencia de evidencias es que quien descubría la playa, ya no podía renunciar a ella. Y así fue como se generó una poderosísima corriente de turismo hacia la playa: el segmento turístico más potente en todo el mundo. Hasta hoy, y creciendo.

Y al mismo tiempo ocurría otro fenómeno singular: el progresivo agotamiento del agua de los ríos y de los acuíferos empleada para atender la demanda imparable de agua para la higiene. Este fenómeno ha hecho que en países de escasos recursos de agua dulce, las compañías suministradoras hayan decidido proveer a las casas con carácter gratuito, de una doble instalación de agua de mar para el baño, a fin de potenciar el ahorro de la carísima agua dulce que suministran. Con la enorme ventaja de que, haciendo de necesidad virtud, los que se han habituado al agua de mar para la higiene personal, han descubierto en ella un potencial de salud que no alcanza ni de lejos el agua dulce. El resultado evidente es que gracias a la sustitución en los baños del agua dulce por el agua de mar “para la higiene”, nos hemos encontrado con que estamos abriéndole camino a la higiene de segunda generación, mucho más potente que la primera.

Mariano Arnal

El Poder Terapéutico del Agua de Mar

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El concepto de agua mineromedicinal, aplicable al agua de mar más que a ninguna otra, es tan antiguo como la humanidad. Es el tiempo glorioso de los balnearios, cuando curarse significaba cuidarse: y se hacía con calma y parsimonia. Eso fue antes de que nos tragásemos el bulo del milagro químico, que nos promete salud a base de pastillas: sin necesidad de cuidarnos, e incluso descuidándonos y maltratándonos.

 

Porque es verdad que hay algo infinitamente mejor que el medicamento: eso lo sabían muy bien los griegos, que al conjunto de factores que nos proporcionan una vida sana lo llamaban “diaita” y nosotros lo dejamos en “dieta”, que tampoco está mal.

 

Y por ahí andamos, buscando una forma de vida integral que nos lleve a conservar la salud o a recuperarla si ha sufrido mengua. Nuestros antepasados adinerados dieron con los balnearios, en los que se pasaban algunas temporadas: y bien que les iba. También nosotros hemos descubierto ese valor, pero con la ventaja de que hemos dado con el mejor de todos los balnearios posibles, con el mejor clima a muchísimos efectos, y con la mejor agua. Y encima gratis, sin necesidad de que antes nos hagamos ricos. Hemos descubierto el mar y la playa: y ahí que nos vamos todo el tiempo que podemos, porque en la playa acaudalamos salud y bienestar.

 

Resulta que por el simple hecho de respirar el agua de mar que pulverizan las olas al romper, y sin que sea preciso hacer nada especial, durante todo el tiempo que estamos bañándonos en el mar o tomando el sol y divirtiéndonos de cualquier manera en la playa, estamos realizando las más extraordinaria terapia para las vías respiratorias. Por eso todo el que va a la playa con alguna afección respiratoria, no sólo le pone remedio rápido, sino que además queda como vacunado contra esas afecciones por bastante tiempo. Afortunadamente la técnica ha sido capaz de imitar ese efecto de la naturaleza con nebulizadores por ultrasonidos, muy económicos, y que producen los mismos efectos terapéuticos.

 

¡Y qué decir del efecto beneficioso del agua de mar en la piel! Quien más, quien menos, se ha encontrado con alguna herida en temporada de playa, y ha observado con estupor cómo se le cerraba y cicatrizaba limpiamente en tres días gracias a los baños con agua de mar. Se enteran también muy pronto de sus beneficios los que llegan con hongos en los pies, con sudor insano, con piel enfermiza, con erupciones y con acné; los que tienen grasiento el cuero cabelludo, los que producen mucha caspa o pierden demasiado pelo. Todos ellos vuelven nuevos y con un aspecto de salud desbordada por todo el cuerpo.

 

Pero es que los baños en agua de mar, más el sol, más la arena, más el microclima de la playa, el más privilegiado por juntarse ahí cielo, mar y tierra, ejercen un efecto sedativo en el sistema nervioso y regulan de forma extraordinaria todo el sistema hormonal.

 

Todo eso por fuera. Pero cuando te da un revolcón una ola y te bebes una gran bocanada de agua de mar, entonces le das la ocasión de trabajarte también por dentro. ¿Cómo? Si se trata de un buen trago, el efecto es laxante y por consiguiente purgante. No está mal contar con un remedio tan efectivo para un mal tan extendido y para una limpieza que conviene hacer un par de veces al año. En tal caso ya no hay que contar con la bocanada ocasional, sino con aprovisionarse y tenerla siempre en casa.

 

Ese efecto lo tenemos bebiendo agua de mar tal y cual y en cantidades importantes. Pero hay otras formas de beberla, más pausadas, pensadas para retener en el cuerpo la riqueza mineral de la más completa de las aguas minerales puesto que contiene la totalidad de los elementos de la Tabla periódica que se encuentran en la tierra, y que forman parte de todos los seres vivos. Indispensables por tanto para que nuestro organismo funcione a la perfección.

 

Si tenemos en cuenta que toda enfermedad tiene su origen en la carencia de elementos constitutivos de nuestra estructura orgánica y de nuestro funcionamiento fisiológico, y que la materia prima de todo ser vivo y de toda nutrición son los minerales, llegaremos fácilmente a la conclusión de que la primera medida para atajar las enfermedades, es proveer adecuadamente a nuestro organismo de la materia prima: la totalidad de los minerales, que únicamente están disponibles y directamente asimilables en el agua de mar.

Mariano Arnal

Riego con agua de mar

Cuando hablamos de agua solemos dar por sentado que hablamos de agua dulce, cometiendo el gravísimo error de marginar al agua de mar, que es el 97% del total del agua en nuestro planeta. Hay que entender que el hecho de tener el agua de mar en un puesto tan relegado en la escala  de las aguas de las que hacemos uso, viene dado por una serie de prejuicios mal concebidos que tenemos respecto a nuestro más abundante recurso: que no se puede beber, que no se puede usar sin tratar, que no sirve para regar y muchos otros. Todas estas afirmaciones tienen a priori una buena base argumental, pero si se estudia el tema con más detenimiento, se analizan todas las posibilidades de uso (comemos petróleo, p. ej.) y se hacen todas las pruebas correspondientes,  se ve entonces que es una tremenda estupidez no darle la importancia y el valor que tienen la infinidad de usos y propiedades del agua de mar. Más en esta época en que se hace imprescindible innovar y ser más esmerados en la administración de nuestros recursos naturales.

Si observamos cuál es la cantidad de agua dulce de que disponemos y cómo la gestionamos, comprobamos una serie de datos que son cuanto menos preocupantes. El agua dulce sólo es el 3% del total; y de ésta sólo tenemos acceso a un 0,06% aproximadamente, porque el resto se encuentra entre glaciares, acuíferos profundos, tierras heladas y atmósfera. El 70% de la poca agua dulce de que disponemos la consume el riego, el 20% se lo llevan los procesos industriales y tan sólo un 10% se aplica al consumo doméstico. Al ver estos números llama la atención la gran cantidad de agua que se consume para poder regar y la poca que necesitamos a nivel doméstico.

El riego es sin duda una de las grandes asignaturas pendientes de la humanidad, pues el aumento constante de la demanda de alimentos debido al creciente incremento de la población, y el hecho de que la temperatura del planeta asciende progresivamente  propiciando sequías, y por ende, la falta de producción de alimentos, hace que debamos empezar a actuar ya en consecuencia con los cambios que estamos experimentando. El gran cambio que estamos impulsando desde Aqua Maris y otras muchas organizaciones, es que al agua de mar se le otorgue la categoría que merece, no solo la de agua potable (que lo es o puede serlo) sino también la de mejor complemento mineral y mayor recurso hídrico de nuestro planeta. Pero para llegar hasta aquí debemos ir desmintiendo de manera empírica todos los supuestos que hay en contra del agua de mar. Y aun así, conseguir que sea aceptada y empleada por la mayor parte de la sociedad supondrá una cantidad de tiempo y esfuerzo colosal.

Llevamos años investigando el riego con agua de mar y la falta de recursos hace que la tarea se alargue y se complique mucho más de lo deseado. Pero donde falta el dinero abunda la voluntad y el ingenio, con lo que a pesar de nuestros precarios recursos hemos logrado unos resultados más que notables.

Principios básicos

Si observamos la naturaleza con detenimiento y perspectiva podemos ver que nos está dando la clave en el asunto del riego. Nos muestra, en efecto, cómo montes y praderas sostienen su verdor sin necesidad de lluvia incluso durante meses. No ocurre lo mismo con los ajardinamientos que tenemos en casa o con los campos de los agricultores en los que una semana o quince días sin riego son nefastos para según qué cultivos. La clave está en la tierra, en las capas freáticas y los acuíferos que atesoran y administran el agua con la mayor eficiencia, guardando cada gota de lluvia y repartiendo el agua por las cuencas subterráneas de los ríos, regando indirectamente desde la montaña hasta el mar. Pero el riego (desde arriba) es el método que la humanidad ha adoptado para hidratar y así dar vida a las plantas, imitando el modelo que tenía más a la vista: la lluvia. A lo largo de la historia la experimentación siempre se ha orientado por la premisa de que el agua tenía que venir de arriba, con lo que la línea ha ido siempre en la misma dirección. Y claro, como no podía ser de otra manera, la mayoría de intentos que se han hecho para regar con agua de mar han sido con el modelo general de riego, de arriba hacia abajo, con las nefastas consecuencias de quemar las plantas. Y si éstas aguantaban el agua de mar, con el tiempo el terreno quedaba saturado debido a la alta acumulación de sal, quedando así muerto e inservible para cualquier cultivo.

Desde siempre el mar ha regado las zonas cercanas a la costa, adentrándose bajo tierra (puede llegar a kilómetros) y manteniendo siempre húmedo el subsuelo, haciendo el mismo trabajo que los acuíferos de los ríos, con la única diferencia de ser agua de mar.

Hay otra situación que se da en la naturaleza donde vemos que especies vegetales no catalogadas como halófilas (o halófitas) son regadas únicamente con agua de mar. Hablamos de los típicos islotes que podemos ver en innumerables fotografías, en los que si bien nos fijamos, forzoso será concluir que toda la vegetación que tienen se sostiene con el riego que le proporciona el mar. Las plantas con una mayor capacidad para aprovechar el agua de mar se encuentran en las zonas más cercanas al mar, mientras que las otras se encuentran más al centro y en zonas más elevadas, aprovechando la continua humedad subterránea que le proporciona el agua de mar.

Concluimos pues, que los dos modelos que consideramos más eficientes para regar con agua de mar y con los que intentamos guiar nuestras investigaciones son los que nos muestra la naturaleza: creando una capa freática con agua de mar para mantener el subsuelo siempre húmedo o adaptando las plantas a la salinidad del agua de mar (como puede ser la acelga), cultivándolas en un suelo que tenga la capacidad de drenar el exceso de sales.

           

Experimentos

No somos los únicos que hemos trabajado en la experimentación del riego con agua de mar. Desde los monjes carmelitas de Sestao, que ya en el siglo XVII habían obtenido excelentes resultados en el cultivo de todo tipo de vegetales en terrenos arenosos con agua de mar (descargar pdf), hasta en los yermos campos de Eritrea, donde el cultivo de la Salicornia ha convertido la región en un auténtico vergel (ver vídeo aquí).

Nuestras experimentaciones están principalmente enfocadas al sistema de riego freático, con lo cual nos ocupamos más de entender el comportamiento del agua y los minerales bajo tierra, que del tipo de plantas que cultivamos.

Primer jardín regado exclusivamente con agua de mar

Éste es un jardín creado en 2006 con los principios básicos de riego mediante capa freática. En los 7 años que lleva, siempre se ha mantenido verde.

Se trata de la demostración más evidente de que realmente se puede usar el agua de mar para riego de cultivos o jardines. Aún falta mucho por conocer y experimentar, pero con esto hemos conseguido deshacernos del mito de que el agua de mar mata las plantas. Lo importante es aprender a utilizarla y conocer el funcionamiento que tiene en distintos tipos de terreno.

Jardín escalonado

Dispositivo de 3 niveles para comparar el rendimiento de una misma especie a diferentes distancias del agua, para demostrar que lo más importante no es la planta, sino el terreno.

En esta prueba pudimos observar que el mismo tipo de semilla de rúcula experiemtaba crecimientos totalmente distintos según el nivel. Hay que añadir que lo más sorprendente de todo fue que el sabor cambiaba en función de la distancia al agua de mar.

Bidón de arena cultivable

Dispositivos hechos con un bidón de plástico de 1000 litros cortado por la mitad. Con esto pretendemos hacer un sistema de riego para zonas desérticas con el mínimo coste posible. Los bidones únicamente contienen arena de playa y una entrada de agua de mar.

Experimento con el terrario de metacrilato

Se trata de un terrario cerrado herméticamente con agua de mar, arena de playa y dos centímetros de tierra fértil en la superfície.

El agua de mar que hay en el fondo humedece todo el terreno. Gracias a la evaporación, en el techo del terrario se condensa una gran cantidad de agua, lo que produce una lluvia diaria de agua dulce a partir del agua de mar evaporada. Esto permite conseguir un riego permanente y un alto nivel de humedad.

Se ha mantenido cerrado durante cinco años y hoy todavía mantiene algunas pocas plantas con vida.

   

Riego con agua hipotónica

Cuando hablamos de agua hipotónica hacemos referencia a una mezcla aproximada de entre un 2% y un 10% de agua de mar en agua dulce. Este tipo de riego lo estamos realizando entre una y dos veces por semana en plantas regadas normalmente con agua dulce de la red.

El objetivo es remineralizar el terreno y aportarle a la planta la variedad de minerales que ofrece el agua de mar, evitando en todo momento una sobresaturación de sales. Por el momento los resultados están siendo muy buenos: incluso algunas plantas que estaban decayendo se han recuperado.